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El que no sabe a dónde va no hallará viento que le ayude, ni taxista que no termine por bajarlo del auto. Y el sentido común —relacionando siempre los orígenes con los destinos— enlaza por lo general dicha inopia con el equivalente dudar de los orígenes. El que no sabe de dónde viene, dice el dicho, puede sustituir al Dios verdadero con la abuelita peluda, el primer ídolo en rama posterior a la serpiente del Génesis en entrar en la historia gracias a un inglés llamado Darwin.

El demonio de la duda puede abarcarlo todo con mayor astucia y efectividad que los asaltos ateos, esos pobres diablos que presumen su vacío de trascendencia dándose aires y hallando la respuesta siempre aplastante de la historia: “Ve, hijo mío, a recorrer el mundo; y hallarás ciudades sin gobierno, ciudades sin murallas, ciudades sin gobierno; pero jamás hallarás una ciudad sin templos”. Todo esto lo enseñó siempre el sentido común y lo corroboró la historia.

Hoy la ciencia confirma lo divino de manera aplastante, y la Gran Perspectiva es bíblica y guadalupana.

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