4. julio, 2012Teologico No comments

El Pecado Original y la Ciencia

Por Luis de Guerrero Osio y Rivas

 

El Pecado Original está en el centro de la inteligencia religiosa. Sin él, el Creador sería no solo deficiente, sino aún culpable de la maldad del hombre obra de sus manos. He aquí la causa del ateísmo. Y por el contrario, demostrar la realidad del Pecado Original y explicar su transmisión es lo fundamental para dar a Dios el culto sin mancha que los musulmanes y los judíos que lo niegan no pueden darle de manera alguna.

Brevemente haré una introducción al tema; para después presentar el lamentable abandono multisecular de este problema de primer orden. Presentaré una hipótesis de manera deductiva junto con las pruebas que la avalan; y finalmente la única tesis compatible con los hechos y con la Sagrada Escritura.

 

 

En la reunión anterior sobre el fraude darwinista tocamos sobre el libro del Génesis, quizá el libro más apasionante que se haya escrito jamás; y a pesar de ello, el menos comprendido. El Evangelio mismo arranca del Génesis como pronto veremos, y sin el Génesis el Evangelio no es plenamente comprensible. Los enemigos del Evangelio, más astutos que sus defensores, han hecho del mismo su blanco favorito. Es debido a ello que he disfrutado enormemente defendiendo su precisión científica al establecerse con claridad los seis días de la creación gracias al Dr. Projuárez y los trabajos de Charles-Eugène Guye. Eso lo vimos hace una semana. Ahora, antes de abundar en el análisis de su extraordinaria precisión e incalculable riqueza teológica y científica quiero hacer algunas observaciones concernientes a la cultura en general.

Todo lo que el hombre sabe sobre el hombre se ha narrado y escrito en cientos de idiomas en miles de lugares geográficos a través de milenios; pero las ideas clave de las culturas que resumen lo humano son unas cuantas, y no hay casi una que en el Génesis no tenga su mina de oro de insuperable valía. Dios y el hombre, la creación, pecado y caída, el bien y el mal, el paraíso y el destierro, el crimen y el castigo; la perdición y la redención; la vida y la muerte, la paz y la guerra; el sacrificio, el demonio y la soberbia, la virtud y la inmundicia moral, la guerra y la paz… Esto y más; mucho más hay en Génesis. Pero sobre todo Génesis, que significa orígenes, nos habla de la grandeza original perdida por el Pecado Original; y de este como un nuevo origen del hombre, o génesis, del que a partir de entonces fue un animal. Racional; si, pero animal. La caída que lo ha hecho pasar de la inmortalidad a la mortalidad; de la impasibilidad al dolor, de la sabiduría a la ignorancia, y de la ciencia a la superstición.

“La Escritura no puede fallar” (Juan 10:35) es algo que constatamos hace una semana al referirnos a los seis días de la Creación; ahora, de manera quizá aun más sorprendente para muchos exégetas lo vamos a constatar en relación a un hecho igualmente difícil de creer, y que ha conducido a muchos a engaño porque dicen que “las serpientes no hablan”. Y todavía dicen: como las serpientes no hablan se trata de un cuentito, y hay que apelar al “estudio de los estilos literarios para entenderlo”. Y dicho esto con toda mala intención, o ingenuamente al no caer en cuenta de que, si esto fuera un cuentito, ¡no hay razón para que el resto de la Biblia no lo fuera también! Un ataque, por tanto, muy eficaz contra los fundamentos mismos de la fe católica, ya que sin el Pecado Original no habría habido necesidad de un Redentor, y más atinados estarían los musulmanes con su Corán y los judíos con su Talmud que lo niegan.

Dice Génesis: “Era la serpiente el animal más astuto de todos cuantos animales había hecho el Señor Dios sobre la tierra. Y dijo a la mujer: ¿Por qué motivo os ha mandado Dios que no comieseis de todos los árboles del paraíso? (Gen 3:1)“.

Constatamos que Génesis es perfecto, ya que si las serpientes hablaran no habría habido pecado. Si las serpientes hablaran, la reina del Jardín del Edén habría mandado a la víbora por un tubo con un: ¿Quién te crees tú, viniendo a darme consejos a mí, presuntuoso animal? Como que la reina del Jardín del Edén no iba a tomar a un bicho por guía, ¡y menos para hacerle caso! Pero Eva era perfectamente consciente de que las víboras no hablan, por consiguiente, era consciente de hallarse ante un ser extraño al Jardín, ante un invasor con desplante tal como para atreverse a enfrentarse con el mismo Dios y tildarlo de embustero. Algo muy por encima no sólo del reino animal, sino de todo lo que Eva había conocido hasta entonces, y con suficiente poder como para tomar una víbora como disfraz. Era, al caso que se presenta, el más astuto de los animales al hallarse de momento poseído por el Diablo. Caigamos en cuenta, por tanto, que lo que pretende el tercer capítulo de Génesis es, precisamente, hacernos conscientes no sólo del Pecado Original, sino también de la gravedad insuperable de dicho pecado. Sigue el diálogo:

“A lo cual respondió la mujer: Del fruto de los árboles, que hay en el paraíso, sí comemos; mas del fruto de aquel árbol que está en medio del paraíso, nos mandó Dios que no comiésemos, ni le tocásemos siquiera, para que no muramos.


“Dijo entonces la serpiente a la mujer: Oh, ¡ciertamente que no moriréis! Sabe, Dios que en cualquier tiempo que comiereis de él, se abrirán vuestros ojos y seréis como dioses, conocedores de todo, del bien y del mal. (Gen 3:2-5)

El mínimo de prudencia y gratitud debió llevar a Eva a consultar con Dios sobre el intruso, lo que también la habría puesto a salvo. Pero el golpe de audacia del seductor la obligaba de entrada a elegir a quien tomaría por veraz, y por consiguiente, por guía. Consultar con Dios era el equivalente, para Eva, a alertar a Dios. Esto es lo que obligaba a Eva a elegir sin consultar; y su decisión; decisión avalada después por Adán, tendría consecuencias tales que no sólo cambiarían el destino, sino la naturaleza misma del género humano. La mordida al fruto prohibido la recuerda San Juan: Si decimos: «No hemos pecado», le hacemos mentiroso y su Palabra no está en nosotros (I Juan 1:10). No solo hicieron Adán y Eva de Dios un mentiroso, sino que al único que no puede decir verdad, porque no hay verdad en él (Juan 8:44), ¡le dieron el lugar de Dios, de El Veraz! De ese tamaño fue la traición. De esa magnitud la idolatría, la blasfemia. ¡Así fue de monumental la perrada contra Dios cometida!

“Entonces Yahveh Dios dijo a la serpiente: «Por haber hecho esto, maldita seas entre todas las bestias y entre todos los animales del campo. Sobre tu vientre caminarás, y polvo comerás todos los días de tu vida. (Gen 3:14)” Así resume la primera parte de la sentencia a Satanás, señala con precisión el momento de su caída final, y es constatable por el contraste entre la brillantez del plan del Diablo para lograr la caída del género humano, que pronto analizaremos, y su estulticia posterior; su paso de la genialidad a la estupidez. Hoy podemos decir que el Diablo está peor que el burro –¿y quién podrá dudarlo tras analizar a Darwin?– sus planes rastreros, y sus frutos forjados del polvo, efímeros, y restringidos a lo destructivo al igual que los de sus hijos; “hijos del Diablo” (Juan 8:44)“Raza de víboras” (Mat 3:7 ¯ 12:34 ¯ 23:33 ¯ Luc 3:7); limitados a ello por las limitaciones del progenitor que eligieron.

La Sentencia, cuya parte medular es el versículo siguiente completa la sentencia de esta manera: “Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu descendencia y la suya, y ella te aplastará la cabeza mientras asechas tu su talón” (Gen 3:15).

El Demonio se había ganado una descendencia; asunto confirmado, dado que cada quien es hijo de sus obras y muchos harían las obras del Diablo desde entonces hasta hoy, comenzando por el vivir de la mentira. Se trata de un hecho indudable, pero también se ganó la derrota final.

Hasta aquí hemos podido recuperar, con una exégesis adecuada, tres grandes verdades: 1) Es cierto que una serpiente habló en el Jardín del Edén; y 2) El Pecado Original fue algo mucho más grave que “el haber mordido una manzanita en desobediencia”. Lo grave estuvo en la causa de la desobediencia. En el juicio personal de un par de traidores contra Aquel a Quien debían todo. Fue la primera vez que el perro mordiera la mano que le daba de comer. Y, 3) La única verdadera guerra sería la decretada por Dios. Esta guerra es la subyacente a todas las distintas banderas beligerantes en la historia del hombre; y desde entonces hasta el fin del mundo se da para glorificar a la Mujer (y Ella te aplastará la cabeza), y a su descendencia con el triunfo final. Es la guerra entre el bien y el mal personificados por la Santísima Virgen y el Demonio. La otra guerra de la misma índole es entre las descendencias: entre Cristo (originalmente uno con Israel hasta su traición y el deicidio), y el Anticristo (originalmente los idólatras) y después todos los enemigos de Cristo que expresamente lo niegan como Mesías: “¿Quién es el mentiroso sino el que niega que Jesús es el Cristo? Ese es el Anticristo, el que niega al Padre y al Hijo”. (I Juan 2:22).

 

 

II

LAS INCREIBLES FALLAS DE LOS EXÉGETAS BíBLICOS

Hemos podido constatar la intervención de dos voluntades decididas a triunfar, cada una con su proyecto: la Voluntad Divina del Creador que hizo al hombre a su imagen y semejanza, y por consiguiente perfecto por libre; libertad absoluta que siendo parte de su perfección fue buscada como único talón de Aquiles por el Engañador.

Aquí lo importante es asentar el orden: Dios, Padre Perfecto, quiso en primer lugar al hombre perfecto, como imagen suya; y en segundo lugar ser correspondido. Lo primero reclamaba la libertad total para decidir por el amor mismo, ya que el amor quiere ser correspondido en igual medida, lo contrario a ser de alguna manera forzado. Es obvio que la prueba de amor pedida, tan sencilla como “del fruto de este árbol no comerás” era parte indispensable al plan de Dios en su creación del hombre.

La segunda voluntad es la del Engañador, el Diablo; voluntad en este caso homicida (Juan 8:44) queriendo destruir al hombre hasta entonces indestructible e inmortal, impasible, y con una ciencia ilimitada. Y finalmente el hombre cuya voluntad debiendo estar firme en la gratitud dudó de haberlo recibido todo, y queriendo ser más de lo que ya era, fue inducido, engañado a querer ser menos de lo que era, para recibir como castigo parte de lo que ambicionaba (“pues el que se ensalce será humillado” Mat 23:12).

Sin embargo los exégetas se quedan en las consecuencias; omiten el drama como si pudiera imaginarse uno superior, y se concentran en si fue un pecado de desobediencia nada más, o si deben de considerarse otros por añadidura, y sin entrar para nada en analizar siquiera si la información dada por Génesis es suficiente, y menos aún indagan sobre la forma precisa de transmisión material de este pecado.

Génesis es claro, sin ambigüedad alguna: “A la mujer le dijo: «Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: con dolor parirás los hijos. Hacia tu marido irá tu apetencia, y él te dominará. Al hombre le dijo: «Por haber escuchado la voz de tu mujer y comido del árbol del que yo te había prohibido comer, maldito sea el suelo por tu causa: con fatiga sacarás de él el alimento todos los días de tu vida. Espinas y abrojos te producirá, y comerás la hierba del campo. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas al suelo, pues de él fuiste tomado. Porque eres polvo y al polvo tornarás.» (Génesis 3:16-19)

A pesar de ello, la historia de la exégesis dentro de la misma Iglesia Católica pareciera ignorar Génesis, y nos obliga a preguntarnos qué pesaría más en el ánimo de los doctores, si tener que admitir una víbora parlanchina como un hecho real, o tener que aceptar un castigo personal estando tan distantes de Adán. Teodoro de Mopsuestia (350-428 D.C.), obispo, desató la controversia al negar contra Génesis que el pecado de Adán trajera la muerte a los hombres, yCelestio, amigo de Pelagio fue el primero en introducir esta herejía en occidente que marcaría al pelagianismo inicial. Conforme a esta doctrina tomada de Teodoro, Adán habría muerto, ya sea que hubiera pecado o conservado la inocencia. Y el pecado de Adán solo podía dañarlo a él y a nadie más. Esta propuesta adoptada por Pelagio fue condenada por el Concilio de Cartago, pero subsiste en el Islam por la prédica igual de Mahoma. Losherejes pelagianos admitieron finalmente el pecado hereditario como unaenfermedad hereditaria más, pero rechazaron la idea del pecado en cuanto tal pudiera ser heredable. Cuando finalmente lo aceptaron, fue como adquirido por imitación del pecado de Adán (lo que ya no tenía, obviamente, nada de“original”).

Tan refractarios eran al tema en el Medioevo, que al mismo Santo Tomás de Aquino no le es dado comprenderlo y le busca una constatación de tipo filosófico más que una explicación; y no entiende su relación con la necesidad del nacimiento virginal de Jesús. Posteriormente, católicos y protestantes tomarán por fundamento a San Pablo en vez del Génesis para enseñar lo que San Pablo dice al respecto, olvidando, nada inteligentemente, que San Pablo como buen fariseo, e hijo de fariseos, tenía Génesis siempre presente. Y para colmos, otro hereje moderno, Harnack, atribuye a San Agustín ¡el haber inventado el Pecado Original! Cualquiera diría que la pieza maestra inspirada por el Espíritu Santo a la pluma de Moisés, llamado Génesis, ¡era más digno de salir corriendo para apartarse de él que digno de verdadero estudio!

III

LO QUE EN EL HOMBRE DESTRUYÓ EL PECADO ORIGINAL

En el sexto día de la Creación, dice Génesis:

“Y por fin dijo: Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra; y domine a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias, y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra. — Creó, pues, Dios al hombre a imagen suya: a imagen de Dios le creó.” (Gen 1:26-27)

No tenemos que especular con el significado. A imagen de Dios significa eternos, inmortales como Él. Significa omnisapientes casi como Él. Significa impasibles como Él. En los términos de una cultura infantil moderna, Supermán, comparativamente con Adán se quedaba en el asilo para retrasados mentales y débil entre los discapacitados. Esta fue la gran mentira del Demonio a quien corroía ya la envidia cuando prometió a Eva: “seréis como dioses”, cuando lo que provocaba su envidia era que ya lo eran. Aún en estado `embrionario”, cierto, ya que les faltaba pasar la prueba. Pero la imagen y semejanza ya la tenían, eran verdaderos dioses de origen y no animales racionales. Pretender que el pasaje citado implicara “a imagen y semejanza nuestra pero con injertos de burro y de burra” habría sido no solo ridículo, sino blasfemo.

En cuanto conocer el mal solo hay dos formas y nada apetecibles: 1) hacerlo y 2) padecerlo. Dios como único Juez puede en justicia retribuir al perverso con el mal que se merece, pero Adán y Eva solo podían condenarse haciéndolo, y su única posibilidad de triunfar sobre el mal estaba en no hacerlo para tampoco padecerlo. La propuesta satánica: “Seréis como dioses conocedores del bien y del mal” era no sólo diabólica, sino astutamente retributiva de tal ambición para destruirlos. Llegarían a conocer el mal; lo desearon, y lo recibieron como castigo.

Esto nos da una idea de lo que en el lance perdimos como descendencia de Adán. Los padres sólo pueden transmitir lo que son y comunicar lo que tienen a sus hijos como ya vimos al hablar del origen de las limitaciones en la plática anterior sobre Darwin; y fueron terribles las limitaciones bestiales que adquirimos además del dolor, la ignorancia, y la muerte. La caída del hombre en naturaleza y gracia queda descrita conductualmente con la simple comparación entre el mandamiento único de no comer del fruto de un árbol en concreto, una prueba elemental de fidelidad; y los diez mandamientos que señalan diez debilidades, diez propensiones destructivas y hasta suicidas del hombre recreado por su traición bajo la dirección del enemigo que lo envidiaba y quería su destrucción total. El desplome en naturaleza y gracia fue caer de hijos de Dios a hijos de un pobre Diablo al tomarlo como guía para todo en sustitución de Dios. Y las consecuencias del pecado son materialmente tan graves como quedó de manifiesto.

Es importante enfatizar que las consecuencias del pecado no son meramente formales, jurídicas; sino plenamente materiales como las taras, la incapacidad y la muerte; como caer de la grandeza hacia la bestialidad; de racional pleno a animal racional. Exactamente lo opuesto a la evolución predicada por Darwin.

¿Por qué quiso Dios probarlos si conocía –por ser Dios– de antemano el resultado?

Primero por las realidades implícitas: Nadie puede mostrar amor sin dar algo de sí, y el requisito era mínimo, abstenerse de los frutos de uno solo de los árboles del Jardín del Edén. Nadie puede ser hijo verdadero si no ha preferido a su padre sobre el enemigo de su padre, ni merecer el amor de aquel a quien ha despreciado por otro. Pero está también el derecho de Dios a retribuir conforme a su justicia para salvar también conforme a su misericordia. ¿Y qué decir del derecho de sus criaturas de aceptarlo como Padre o elegirse un sustituto? Qué el amor de Dios lo haya llevado a aceptar la tremenda humillación de verse pospuesto al Diablo en la elección de Adán y Eva es tan increíble como Cristo aceptando la humillación por la Cruz; pero identifica al Creador con el Redentor de manera única. Ha sido un escándalo hasta para tomar en serio Génesis, pero no solo manifiesta el Amor de Dios, sino que nos hace ver el problema en su imagen y semejanza: todo padre puede engendrar un parricida, pero comprarse un perro en vez de tener un hijo es una alternativa miserable. Dios pudo quedarse en el quinto día de la Creación para ahorrarse el Calvario, pero ese ahorro para nada iba a ser lo propio de Dios; como substituir hijos con mascotas tampoco enaltece al hombre.

La imagen y semejanza de Dios llevaba implícita la libertad total, aún aquella de tomar decisiones irrevocables como la que la infeliz pareja tomara al morder del fruto prohibido. Aun hoy esa libertad se conserva para creer o no creer, y para creer lo que queramos. Para amar u odiar al mismo Dios; para salvarnos o para condenarnos; para vivir o para suicidarnos. Consciente del drama de la libertad, Sartre hablaba ya como un condenado al decir que nada odiaba él tanto como el libre albedrío. Sartre lo entendía por las consecuencias.

Constatemos primero la realidad de la filiación original que el Pecado de Origen iba a destrozar con dos citas fuera de Génesis: 1ª “Si llama dioses a aquellos a quienes se dirigió la Palabra de Dios – y no puede fallar la Escritura” (Salmo 82:6–Juan 10:35); y, 2ª, corroboramos que la imagen y semejanza es la que se da a los hijos con su Padre: “Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre: el del cielo.” (Mateo 23:9). Tenemos aquí el reclamo que hace Jesús de los derechos supremos de Su Padre en su intención primigenia de ser Padre nuestro también.

IV

EL PLAN DEL DIABLO

 

“Vosotros sois de vuestro padre el diablo” (Juan 8:44)

Era Luzbel la mayor inteligencia angélica. Su plan no sería, por tanto, un plan cualquiera. No sólo quería destruir al hombre, sino que quería rehacerlo antes que destruirlo. Queriendo ser como Dios quería recrear al hombre a su imagen y semejanza. Él sería el padre de un ser reconstruido por él, y sería Luzbel el rey de esa creación, el Príncipe de Este Mundo.

Triunfante, doblegaría a Dios a su voluntad. Si Dios quería destruirlo a él tendría que destruir también al hombre en quien habitaría como criatura suya. Apostó a que Dios no destruiría lo que había creado por amor, y creyéndose insuperable como obra maestra de la Creación, apostaba a que Dios no destruiría lo más perfecto para quedarse con criaturas de segunda. Un artista se puede quedar sin todas sus obras, pero nunca sin su obra cumbre, su obra maestra. Y seguro de ser él mismo una obra insuperable hasta para Dios mismo, visitó a Eva en el Jardín del Edén. (Ya en la Era Cristiana Valtorta lo vería derramar lágrimas señalando a la Sma. Virgen como causa de su caída. Había topado con su error de fondo: La Obra Suprema del Creador era María, lo que hacía del extraordinario Luzbel una obra desechable; y de la Virgen el instrumento para la Venganza Divina. Ella le aplastaría la cabeza.)

Es a través de María Valtorta que Jesucristo nos da la clave del plan del Diablo al informarnos de que Dios crea, como es obvio, cada alma perfecta. Todas las almas salen perfectas de sus manos. ¡Ah! Pero para integrarse en el hombre tienen que cruzar una “como barrera” que es donde contrae el Pecado Original. La pregunta que nos queda se refiere precisamente a “la barrera”. ¿De qué barrera se trata?

Por segunda vez dentro de la obra tratará Jesucristo N.S. el tema; ahora para negar la metempsicosis o transmigración de las almas; superstición oriental. Ni un animal nace varias veces, reencarnando, ni tampoco el hombre. Dice Jesús:

“El animal no puede recordar nada, naciendo una sola vez; el hombre puede recordar, a pesar de nacer una sola vez. Recordar con su parte mejor: el alma. ¿De dónde viene el alma, toda alma de hombre? De Dios. ¿Quién es Dios? El Espíritu inteligentísimo, potentísimo, perfecto. Esta cosa admirable que es el alma, cosa creada por Dios para darle al hombre su imagen y semejanza como signo indiscutible de su Paternidad santísima, presenta dotes propias de Aquel que la creó: es, pues, inteligente, espiritual, libre, inmortal, como el Padre que la creó. Sale perfecta del Pensamiento divino y en el instante de su creación es igual, durante una milésima de instante, que la del primer hombre: una perfección que entiende la Verdad por don dado gratis. Una milésima de instante. Luego, una vez formada, es lesionada por la culpa original. Para que entiendas mejor, te diré que es como si Dios estuviera grávido del alma que crea, y el creado, al nacer, fuera herido por una señal incancelable. ¿Me comprendes?


“-Sí. Mientras es pensada es perfecta. Una milésima de instante, este pensamiento creador. Luego, el pensamiento traducido a hecho, el hecho queda sujeto a la ley provocada por la Culpa.”
(Tomo 4º/10, p. 389/446)

El hombre puede recordar algo de la Visión beatífica. Hay un fenómeno específico al que se está refiriendo Jesús, el “deja vu”; esa impresión que a veces nos asalta de haber estado antes en, o de haber conocido antes a, como si hubiéramos vivido antes. Y es que antes de ser lesionados por la culpa tuvimos en nuestra personal visión de Dios ese conocimiento, pero multiplicado por un infinito que nos queda oculto.

Aventuremos una hipótesis para demostrarla luego: El alma, creada trinitaria como semejanza con el Dios Trino, es como una placa fotográfica. Nada hubo entre la creación del alma de Adán y su encarnación en el cuerpo de Adán. La imagen de Dios era perfecta porque ninguna otra imagen se había estampado en ella alterando en forma alguna su perfección. A Adán le bastaba con esa impresión porque en esa impresión estaba todo; la plenitud de la sabiduría porque todo está en Dios. Bastábale a Adán con esa imagen para de su contemplación obtener todas las respuestas concebibles a sus preguntas, y para ahondar en todos los misterios de la Creación. La ciencia infusa no podía tener explicación más sencilla, ni más obvia. Eva era, igual que Adán, al provenir de CREACIÓN DIRECTA de Dios..

El misterio se resuelve en una forma igualmente sencilla. ¿En qué difiere nuestro origen del origen de Adán y Eva?

En una sola cosa que es indispensable añadir: el acto sexual. Por consiguiente, el acto sexual tiene que ser esa barrera que así menciona Jesús: “y el creado, al nacer, fuera herido por una señal incancelable”. Y en efecto, tan incancelable, que sin el acto sexual ya no hay procreación humana.

Como vemos, siguiendo con sencillez la literalidad del Génesis, el acto sexual aparece hasta después del Pecado Original. Es hasta el capítulo cuarto que se nos informa que, entonces: Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió y dio a luz a Caín, y dijo: «He adquirido un varón con el favor de Yahveh.» Pero ya la vergüenza y la culpa habían entrado de manera directa en la composición del hombre como se lee desde el capítulo anterior: “Y como viese la mujer que el árbol era bueno para comer, apetecible a la vista y excelente para lograr sabiduría, tomó de su fruto y comió, y dio también a su marido, que igualmente comió. Entonces se les abrieron a entrambos los ojos, y se dieron cuenta de que estaban desnudos; y cosiendo hojas de higuera se hicieron unos ceñidores (taparrabos). Oyeron luego el ruido de los pasos de Yahveh Dios que se paseaba por el jardín a la hora de la brisa, y el hombre y su mujer se ocultaron de la vista de Yahveh Dios por entre los árboles del jardín. Yahveh Dios llamó al hombre y le dijo: «¿Dónde estás?» Este contestó: «Te oí andar por el jardín y tuve miedo, porque estoy desnudo; por eso me escondí”. (Génesis 3:6-10) Y todavía subraya Génesis la transformación ocurrida con la naturaleza humana: “Yahveh Dios hizo para el hombre y su mujer túnicas de piel y los vistió”. (Génesis 3:21)

Como vemos, la procreación que comienza con Caín a diferencia de la “costilla” más fácil de entender para cualquiera que la parecida “clonación” hoy tan en boga, deviene sexual; y es hasta hoy una de las formas de abestiamiento más reprobables en el ser humano que obliga, para separar al hombre de las bestias a una estricta moral sexual que, cuando se infringe, lleva a excesos capaces de exaltar por comparación a las bestias; y a sadismos propios de demonios. Es por medio de Génesis que Dios niega esa intención primigenia en su Creación al grado de asignar al Demonio su parte, su conquista, y la descendencia correspondiente. “Y entre tu descendencia y la suya” nos dice por Génesis 3:15; y confirma con “raza de víboras” “hijos del Diablo” en el Evangelio.

Narra Valtorta que hábilmente el seductor sugirió a Eva una forma de superioridad en el reino animal, que de manera extremadamente placentera, con deleites que ella no imaginaba siquiera tenían a sus crías, y eran independientes así de Dios para tenerlas, siendo en ello superiores a los hombres que tendrían que supeditarse a Dios para engendrar nuevos hombres. Aunque aun no sexuada pero con un cuerpo perfecto al que nada le había sido negado era capaz de sentir placer intenso; se entregó a las caricias de la serpiente, y la droga enervante de sus caricias la volvieron adicta. Aún así, Dios la habría ayudado a sanar si tan solo se hubiera vuelto hacia Él, poniéndose a salvo. Eva, adicta ya, y desconfiando cada vez más siguió el camino contrario entregándose más y más a la serpiente, y fue a seducir a Adán. Podemos aún suponer que en medio de todo el asunto, que el Maligno le fuera sugiriendo una filiación a su persona a cambio de sus consejos, y aún rehacerla a su imagen y semejanza para llevarla a mayores placeres tiene la marca del seductor. Y en las hijas de Eva una repetición indudable por aquella primera elección. No puede haberle faltado a Eva, junto con la presencia regular de Dios en el Jardín del Edén, el amor verdadero del Padre, su orientación y sus consejos; pero la decisión final pendía de un árbol como pendería el cadáver de Judas suicida después, y fue la que Eva tomó.

La caída al reino animal para configurar como animal racional al hombre quedaba sellada como nos dice Jesús en la obra de Valtorta: “herido por una señal incancelable”. Dios crea el alma en el único momento elegido por Adán y Eva para la procreación, durante el acto sexual, cuya fuerza e intensidad variable se imprime sobre el alma del nuevo ser. Solo en ese momento, y en ningún otro puede ser impresionada el alma con la fuerza decisiva de la pasión que oblitera con su sello y fuerza la perfecta impresión que modifica Génesis 1;26:“Y dijo Dios: «Hagamos al ser humano a nuestra imagen, como semejanza nuestra»”.

¿Cómo recuperar la Imagen inicial tan drásticamente cancelada con esa decisión aplastante que de manera irrevocable hundió nuestra naturaleza a lo bestial?

El asombroso amor del Padre Creador daría su lugar al Dios Redentor. Lo que Luzbel no podía ni siquiera imaginar era lo que tendría lugar. Dios se haría hombre, humillándose hasta la naturaleza que era ya bandera triunfal del Diablo para vencerla; y se hizo semejante a nosotros en todo menos en el pecado, como nos dice San Juan. Desde el principio Dios no se impuso, sino que nos dio a elegir si lo queremos por Padre. Quiso para mostrarnos su amor pasar por la humillación de la primera prueba; por la primera derrota. Quiso pasar por la Encarnación como Exaltación y triunfo de Su Madre que compensaba esta segunda humillación suya. Quiso pasar por el Calvario con el cúmulo de humillaciones compartidas con Su Madre; para darle a Su Madre Su triunfo; como que así lo tenía previsto desde toda la Eternidad a favor de su Obra Maestra, la más entrañable a su Corazón. ¡Cuánto les hemos costado a ambos dos! ¡Cuánto nos han amado el Redentor y la Corredentora! ¡ QUE ASOMBROSO ES DIOS !

Las pruebas del hecho en la Sagrada Escritura:

Es la pasión sexual la segunda impresión que recibe el alma, y tiene la fuerza necesaria para cancelar en gran parte a la primera. Veámoslo de dos maneras distintas. Primero como información como se da cuando imprimimos la hoja dos sobre la hoja uno, o su equivalente al formatear el disco duro. La información que se pierde es casi toda, lo que nos hizo pasar de la ciencia a la ignorancia. La segunda forma es igualmente grave y podemos referirla a la estética: Si sobre el rostro más hermoso colocamos un segundo negativo con un rostro espantoso, el positivo resultante será el completo atropello del primero. El plan del Diablo es obvio. Si la perfección de Adán y Eva partía de la imagen y semejanza divina formando parte de esas dos almas, esa imagen era el objetivo a destruir. El plan es claro, y el de la Redención también. Y la Joya Suprema del Creador nacería, obviamente, sin la culpa original. Sin pasión sexual de San Joaquín y Santa Ana, sino por acción necesariamente directa del Espíritu Santo para dar a luz Jesús de la misma forma (La Inmaculada Concepción). Estamos hablando del Nuevo Adán y de la Nueva Eva afirmados ya por la patrística. De ahí que el protoevangelio de Génesis 3:15 sobre la mujer y su descendencia como castigo-derrota a Satanás hayan aparecido desde el principio, desde Génesis 3:15; y aparezca desde el principio del Evangelio tanto La Mujer como la Descendencia prometidas en el hecho de la Encarnación que repetimos con cada Ave María. De ahí que destaque igualmente el Precursor, Juan el Bautista, voceando contra los fariseos “Raza de Víboras”.

La Biblia va describiendo paso a paso

Un pueblo tiene que ser elegido de entre los demás pueblos; y de entre ese mismo pueblo los a su vez elegidos van siendo mencionados para ir purificando, conforme a un mismo sistema de elemental comprensión a los grandes del pueblo judío. La pasión avasalladora del acto sexual tiene que ser minimizada para que la herida a la imagen divina pueda irse reduciendo cada vez más. Lo primero es la expectativa mesiánica. Una idea va a ser sobrepuesta, una esperanza para elevar el acto hacia ella, reduciendo el egoísmo y elevando la mente a un fruto trascendental. Lo segundo es igualmente obvio en la misma intención: Ancianos antes estériles, gracias a lo cual tendrán en cuerpo y mente no el vicio, sino el ardiente deseo de un ser humano que hasta entonces han deseado más por su impotencia. En tercero, los grandes serán los primogénitos o en su defecto los hijos de la ancianidad en que la pasión es ya mínima. Los primogénitos, porque ninguna pareja se siente segura de ser capaz de engendrar hasta lograrlo la primera vez, lo cual hace pasar el disfrute a un lugar menor.

Como vemos, el gran lugar en que se tenía el ser padres, el estigma de la infertilidad y la esperanza en el mesías que distinguían al pueblo judío de entre los demás pueblos tiene, como explicación a la vez necesaria y suficiente, la necesidad de atenuar el pecado original en sus efectos. La metodología seguida hace prueba plena.

Concluyendo, el plan del Diablo fue sujetar al género humano a su servidumbre ligando a un vicio la procreación para embrutecer y desarmar al hombre.

De Abraham al nacimiento de Jesús, pasarán 1400 años en que los elegidos acumularán esa purificación hasta que la justicia divina, satisfecha, pueda enviar a María para ser Madre de Jesús directamente a San Joaquín y Santa Ana. La Sagrada Familia será una familia virginal, y el Espíritu Santo prometido dará a la Iglesia un sacerdocio de vírgenes y célibes; religiosos y religiosas viviendo el ideal de la pureza. Esto ratifica, de nuevo la misma tesis.

Con esto concluyo, y se abre la sesión para preguntas del auditorio.

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